RASSEGNA STAMPA

11 OTTOBRE 2000
PETER SLOTERDIJK
El pensador en escena
El filósofo alemán Peter Sloterdijk publicará en breve "El pensador en escena" (Pre-Textos), un estudio sobre "El nacimiento de la tragedia" de Nietzsche, del que ofrecemos un adelanto. El nuevo título coincidirá con el reciente "Normas para el parque humano" (Siruela), en el que el ensayista realiza una polémica relectura de la "Carta sobre el "Humanismo"" de Martin Heidegger, un autor cuya obra vuelve a ser publicada en España en nuevas traducciones. "ABC Cultural" se hace eco de uno de los debates más encendidos de este siglo.
Los textos clásicos son textos susceptibles de sobrevivir a sus interpretaciones. Cuanto más son objeto de disección, tanto más elusivos parecen.
Cuanto más persistentemente se les intenta conquistar por la comprensión, tanto más fría es la mirada que lanzan a sus suprasensibles pretendientes. Cuanto más profunda es la iluminación hermenéutica de sentido o cuanto más penetra la reconstrucción filológica en el entramado del texto clásico, con más dureza resiste el impacto de las interpretaciones. ¿Es suficiente explicar la preponderancia de los textos excepcionales sobre sus interpretaciones afirmando que los epígonos del genio son siempre incapaces de alcanzar la emulación, o que es imposible para los comentadores agotar todo el sentido del original? Tal vez hace cien años, cuando las ciencias del espíritu aún se encontraban en su infancia, era todavía posible creer que la naturaleza resistente de los grandes textos podía justificarse de este modo. Esta ingenua hermenéutica pertenecía a una época, en la que los autores clásicos, apoyados, como los dioses seculares, en una tradición viva de veneración, se cernían sobre todas las generaciones posteriores bajo un aura de inaccesibilidad heroica. Sus obras podían reclamar así legítimamente que los intérpretes ­como los administradores profesionales del sentido­ incensaran los textos clásicos, para así traducir sus verdades eternas a las fórmulas más modestas de una comprensión acorde con el tiempo presente. Todo esto ha dejado de ser válido. El intérprete ya no se dirige a los textos clásicos como un creyente a misa.
Después de mucho tiempo, las ciencias filológicas se han cansado de realizar este servicio criptoteológico a la literalidad. Los intérpretes tienen cada vez más dificultades para creer que ellos poseen alguna especie de misión o para compilar sus comentarios acerca de los clásicos en nombre de un sentido intemporal. En lugar de excavar todo tipo de solemnes profundidades en busca del verdadero sentido de la tradición, ellos se refugian cada vez más en una suerte de sutil indiferencia metodológica frente a todas las pretensiones de sentido usuales. Un texto está allí, mientras que nosotros estamos aquí; ante el descubrimiento de un objeto clásico, nos situamos como bárbaros anémicos, indiferentes a su esencia, mientras, no sin cierta perplejidad, le damos la vuelta en nuestras manos. ¿Nos sirve aún para algo? Sea como fuere, ya no podemos seguir hablando de una creencia a priori en la importancia vital de los textos eminentes. En última instancia, esta importancia se revela únicamente cuando una subjetividad con ambiciones críticas, con objeto de elevarse, pretende hacer uso del material o cuando, a causa de un interés actual, se rescata una cita útil en algún lugar de las fuentes históricas.
Y, sin embargo, es justo ahora cuando el drama interviene: la relevancia de los grandes textos se pone de manifiesto precisamente cuando el desencanto ha hecho su trabajo y la inteligencia de las generaciones posteriores ha aprendido a vivir ­de una manera más madura o más cínica, o, en cualquier caso, más moderada y escéptica­ con su patrimonio intelectual.
Cuando todo el mundo ha dejado de creer en ellos, ellos empiezan a hablarnos con una nueva voz. Cuando se ha dejado de darles crédito, comienzan a enriquecernos del modo más sorprendente. Cuando hemos decidido que ellos no tienen ningún sentido para nosotros, empiezan a apelarnos discretamente. Y justo cuando pensamos que les hemos dado la espalda definitivamente y nos hemos liberado de ellos de una vez por todas, empiezan, lenta pero irresistiblemente, a pisarnos los talones ­mas no como perseguidores o como maestros inoportunos, sino como discretos antecesores y espíritus protectores, con cuya generosidad y discreción ya no estábamos acostumbrados a contar. Si en el futuro pretendemos interesarnos únicamente por nuestros propios asuntos y, en vista de lo mucho por hacer, estamos dispuestos a la reducción existencial y a desprendernos de todos los lastres, descubriremos, en lo que queda, las voces de los clásicos ­una frase indispensable aquí, un bello pasaje ahí, ocasionalmente una emoción familiar­ en todas partes dispersas: fragmentos de un vocabulario al que no podemos renunciar, precisamente cuando uno se decide a hablar únicamente de sus propios asuntos y a dejar de participar en el incesante zumbido de los medios, de las instituciones y de la información alienada.
Hoy podemos acercarnos a Nietzsche de este modo.
Así se le debería leer, así se ha de contar con su nueva presencia y aceptarla: como la de un autor al que se le ha permitido regresar porque ya se ha ajustado cuentas con él; como un pensador con el que nos encontramos, porque su causa ­incluso después de ser despachada­ sigue estando presente: incómoda, deslumbrante, estimulante, teatral ­causa, en cualquier caso, tan irresuelta como la nuestra. Al hacerlo así, no necesitamos prestar la más mínima atención al estatuto oficial de su pensamiento ni a su problemático estatuto de escritor clásico. Es demasiado tarde para devanarnos los sesos decidiendo si Nietzsche debería haber sido elevado al rango de clásico o si él, como hombre y como pensador, ha hecho méritos suficientes para ser ascendido, por toda una legión entera de intérpretes, al panteón ilustre de los pensadores. Dado que, la mayoría de las veces, la historia de la influencia es indiferente a los diferentes tipos de grandeza histórica y humana, Nietzsche ha alcanzado la categoría de autor clásico gracias a una extraña mezcla de admiración e imprecisión ­aun cuando, como es su caso, no se trata ya, desde hace tiempo, del equilibrado clasicismo de la alta cultura burguesa, sino, más bien, del salvaje clasicismo de la modernidad, con todo su oscuro criticismo y sus ardientes disangelios.
Siempre se ha dicho como tópico, en referencia a Nietzsche, que existen pensadores cuya obra se deja estudiar independientemente de su biografía y otros en los que vida e historia del pensamiento forman una indisoluble unidad; Nietzsche formaría parte de esta última categoría.
Este modo de hablar revela el grado de injusticia que se le puede hacer a un autor cuando se le compara con un clásico. Nietzsche no está hasta este punto tan lejos de nosotros. Su fuerza de atracción no reside en el hecho de estar muerto. El aura desgarrada y actual de Nietzsche no tiene nada que ver ­prescindiendo por el momento del brillo casi inhumano de su prosa tardía­ con el tono irritante y el refinado aburrimiento que tan a menudo forman parte de la atmósfera propia de los clásicos. Ahora bien, ¿qué es lo que en Nietzsche puede ser actual, tan actual en todo caso como para que también las advertencias contra su doctrina vuelvan a ser relevantes? ¿Qué le convierte de nuevo en una figura problemática, susceptible de ser evocada y ejemplar? ¿Acaso es que las neurosis más recientes buscan un protector filosófico? ¿O se debe a que el espíritu de nuestra época, tras muchas décadas de tratamientos de moralismo socio-liberal y neo-cristiano, exige de nuevo verdades más duras y desinhibiciones más satisfactorias? ¿Nos han conducido las dudas generalizadas acerca del progreso a hacer caso de las interpretaciones alternativas del fenómeno de la modernidad? ¿Interpretaciones que mantengan distancia con los monstruos de la historia y los espejismos de la socialización? Ninguna de estas suposiciones es completamente falsa. Pero ellas no pueden explicar por qué el nombre de Nietzsche irrumpe siempre cuando se trata de comprender las profundas dudas que surgen en el mundo moderno y de descubrir, acudiendo a la reflexión, las ambivalencias más complejas del presente.
Antes de adentrarnos un poco más en uno de los grandes textos de este autor El nacimiento de la tragedia, quisiera aquí proponer una hipótesis acerca de la naturaleza singular de la escritura nietzscheana.
Según dicha hipótesis, la nueva presencia de Nietzsche se explicaría no tanto por su innegable competencia crítico-cultural, psicológica y filosófica, cuyo fulgor seguiría siendo efectivo hasta hoy, cuanto por una debilidad que nos conmueve más irresistiblemente que cualquier fortaleza. Si Nietzsche se encuentra todavía en cierta medida entre nosotros, lo es menos por los posibles atractivos que reúne con respecto a los hombres de hoy que por las debilidades que comparte con ellos. La debilidad más prometedora de Nietzsche consiste en que él no pudo ser un especialista de nada; nunca se contentó con hacer algo correctamente según los criterios de una única especialidad; nunca logró cumplir meramente estas expectativas. No porque fuera incapaz de satisfacer los criterios de su disciplina, sino justamente por lo contrario. La miseria de Nietzsche comienza y finaliza en su incapacidad de conformarse con hacer una y única cosa según las reglas de una técnica. Ciertamente, así lo hizo: fue, de hecho, entre otras cosas, un destacado filólogo, un perspicaz crítico de su época y un profundo analista de la moral; ahora bien, en la medida que él realizaba correctamente, y más que correctamente, una actividad, siempre practicaba, al menos, otra segunda ­siendo así sospechoso de dispersión. A primera vista, podría parecer que, en su vida exterior, Nietzsche era una víctima de sus dobles dotes. Ésta pudo ser una posible causa de la falta de éxito a lo largo de su vida ­un fracaso para el que no puede ser razón suficiente su desvalido y caprichoso trato con los editores­, como otra lo pudo ser el carácter explosivo de su influencia póstuma. Mientras cualquiera de sus dotes, considerada aisladamente, y desarrollada hasta el profesionalismo, hubiera bastado para emprender una carrera respetable ­los inicios de la carrera filológica de Nietzsche parecían indicar esto­, la concentración de estas fuerzas en este hombre conducía a una particular y oscura existencia al margen de la vida cultural organizada. Ni siquiera hablar de una concentración de fuerzas es correcto, puesto que, en Nietzsche, no se trata del conocido fenómeno de dotes múltiples. A decir verdad, las dotes de Nietzsche no forman una acumulación de facultades yuxtapuestas; no hay entre ellas una separación real ni tampoco una simple coexistencia. Cabe decir más bien que en este autor una fuerza actúa siempre a través de la otra, de forma que él no fue, a diferencia de tantos artistas, a la vez escritor y músico, creador y filósofo, productor y teórico, etc., sino músico en tanto que escritor, creador en tanto que filósofo, productor en tanto que teórico.
Él no realiza una actividad al lado de otra, sino que realiza una actividad mientras hace la otra.
En razón de esta plástica imbricación de lenguajes y fuerzas, Nietzsche ha exigido hasta el día de hoy demasiado a su público; nadie como él se ha burlado tan maliciosamente de la fácil inteligibilidad. No se comprende en absoluto a Nietzsche si simplemente se considera lo que ha sido puesto por escrito, o atendiendo a una mera sinopsis de los contenidos. Los lectores fascistas de Nietzsche fueron y siguen siendo en su mayoría los que han evidenciado una grosera torpeza a la hora de tratar con este contenido: incapaces de comprender el gran juego de Nietzsche ­su aparato gestual y musical post-metafísico­ más allá de la semántica. La aproximación real a la acción nietzscheana es sólo la que es capaz de percibir lo que hace este autor proteico, estimulante, polifónico cuando pone algo por escrito. Con razón ha observado Thomas Mann que está perdido aquel que tome a Nietzsche al pie de la letra ­a saber, fijándose en el contenido y mediante una reducción semántica. El mismo Nietzsche tenía una aguda sensibilidad tanto para el discurso indirecto como para la mezcla de elementos en su escritura, y no quiso deshacerse durante toda su vida de la opinión de que él era en el fondo un compositor que se había visto erróneamente conducido a la literatura. Algunas veces también pensaba que era un pobre diablo llevado erróneamente de la humanidad a la divinidad artística: "Sólo loco, sólo poeta". Cuando se sentía lleno de confianza en sí mismo, se sentía como un evento expresivo total únicamente valorado por la vulgaridad de los cánones literarios, filológicos y filosóficos usuales. Se concebía como el compañero de viaje de Richard Wagner, figura cuyo daimón estético tampoco se daba por satisfecho con agotarse en un único género, y que, por esta razón, paró mientes en la idea de la obra de arte total: esa organización simbólica en la que la totalidad de Wagner quería entrar en escena bajo una forma multimedia y sinestésica.
La singularidad de Nietzsche se ponía de manifiesto en el hecho de desarrollar una acción teatral literaria obligada a arreglárselas sin recurrir a las sinestesias operísticas wagnerianas. Había confiado por completo su papel a la actividad de la escritura, sin que este papel tuviese exclusivamente un carácter literario. Muy pronto, los amigos y contemporáneos cercanos a él también observaron que en la psique de este gran estilista funcionaban otras fuerzas: energías musicales y proféticas, veleidades cesáricas susceptibles de fundar religiones, impulsos psicagógicos, reformadores, educativos y artístico-demagógicos. El propio Nietzsche había desarrollado, con respecto a Wagner, una pequeña teoría del "talento trasplantado", así como percibido con perspicacia que en el carácter de Wagner aparecían ciertos rasgos de comediante que, a falta de un escenario apropiado para sus inauditas pretensiones, habían pasado a crear su propio universo dramático musical. Ahora bien, mientras Wagner se desarrollaba ampliando, en una expansión constante, su faceta de compositor rebelde en la de compositor reformador de la cultura, Nietzsche ­como "filólogo y hombre de letras"­ tenía que aglutinar, en el angosto medio de la actividad literaria, el amplio espectro de sus impulsos.
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