| El filósofo alemán Peter Sloterdijk publicará en
breve "El pensador en escena" (Pre-Textos), un
estudio sobre "El nacimiento de la tragedia" de
Nietzsche, del que ofrecemos un adelanto. El nuevo
título coincidirá con el reciente "Normas para el
parque humano" (Siruela), en el que el ensayista
realiza una polémica relectura de la "Carta sobre el
"Humanismo"" de Martin Heidegger, un autor cuya
obra vuelve a ser publicada en España en nuevas
traducciones. "ABC Cultural" se hace eco de uno de
los debates más encendidos de este siglo. |
Los textos clásicos son textos susceptibles de
sobrevivir a sus interpretaciones. Cuanto más son
objeto de disección, tanto más elusivos parecen.
Cuanto más persistentemente se les intenta conquistar
por la comprensión, tanto más fría es la mirada que
lanzan a sus suprasensibles pretendientes. Cuanto más
profunda es la iluminación hermenéutica de sentido o
cuanto más penetra la reconstrucción filológica en el
entramado del texto clásico, con más dureza resiste el
impacto de las interpretaciones.
¿Es suficiente explicar la preponderancia de los textos
excepcionales sobre sus interpretaciones afirmando
que los epígonos del genio son siempre incapaces de
alcanzar la emulación, o que es imposible para los
comentadores agotar todo el sentido del original? Tal
vez hace cien años, cuando las ciencias del espíritu aún
se encontraban en su infancia, era todavía posible creer
que la naturaleza resistente de los grandes textos
podía justificarse de este modo. Esta ingenua
hermenéutica pertenecía a una época, en la que los
autores clásicos, apoyados, como los dioses seculares,
en una tradición viva de veneración, se cernían sobre
todas las generaciones posteriores bajo un aura de
inaccesibilidad heroica. Sus obras podían reclamar así
legítimamente que los intérpretes como los
administradores profesionales del sentido incensaran
los textos clásicos, para así traducir sus verdades
eternas a las fórmulas más modestas de una
comprensión acorde con el tiempo presente.
Todo esto ha dejado de ser válido. El intérprete ya no
se dirige a los textos clásicos como un creyente a misa.
Después de mucho tiempo, las ciencias filológicas se
han cansado de realizar este servicio criptoteológico a
la literalidad. Los intérpretes tienen cada vez más
dificultades para creer que ellos poseen alguna especie
de misión o para compilar sus comentarios acerca de
los clásicos en nombre de un sentido intemporal. En
lugar de excavar todo tipo de solemnes profundidades
en busca del verdadero sentido de la tradición, ellos se
refugian cada vez más en una suerte de sutil
indiferencia metodológica frente a todas las
pretensiones de sentido usuales. Un texto está allí,
mientras que nosotros estamos aquí; ante el
descubrimiento de un objeto clásico, nos situamos
como bárbaros anémicos, indiferentes a su esencia,
mientras, no sin cierta perplejidad, le damos la vuelta
en nuestras manos. ¿Nos sirve aún para algo? Sea
como fuere, ya no podemos seguir hablando de una
creencia a priori en la importancia vital de los textos
eminentes. En última instancia, esta importancia se
revela únicamente cuando una subjetividad con
ambiciones críticas, con objeto de elevarse, pretende
hacer uso del material o cuando, a causa de un interés
actual, se rescata una cita útil en algún lugar de las
fuentes históricas.
Y, sin embargo, es justo ahora cuando el drama
interviene: la relevancia de los grandes textos se pone
de manifiesto precisamente cuando el desencanto ha
hecho su trabajo y la inteligencia de las generaciones
posteriores ha aprendido a vivir de una manera más
madura o más cínica, o, en cualquier caso, más
moderada y escéptica con su patrimonio intelectual.
Cuando todo el mundo ha dejado de creer en ellos,
ellos empiezan a hablarnos con una nueva voz. Cuando
se ha dejado de darles crédito, comienzan a
enriquecernos del modo más sorprendente. Cuando
hemos decidido que ellos no tienen ningún sentido para
nosotros, empiezan a apelarnos discretamente. Y justo
cuando pensamos que les hemos dado la espalda
definitivamente y nos hemos liberado de ellos de una
vez por todas, empiezan, lenta pero irresistiblemente, a
pisarnos los talones mas no como perseguidores o
como maestros inoportunos, sino como discretos
antecesores y espíritus protectores, con cuya
generosidad y discreción ya no estábamos
acostumbrados a contar. Si en el futuro pretendemos
interesarnos únicamente por nuestros propios asuntos
y, en vista de lo mucho por hacer, estamos dispuestos
a la reducción existencial y a desprendernos de todos
los lastres, descubriremos, en lo que queda, las voces
de los clásicos una frase indispensable aquí, un bello
pasaje ahí, ocasionalmente una emoción familiar en
todas partes dispersas: fragmentos de un vocabulario
al que no podemos renunciar, precisamente cuando
uno se decide a hablar únicamente de sus propios
asuntos y a dejar de participar en el incesante zumbido
de los medios, de las instituciones y de la información
alienada.
Hoy podemos acercarnos a Nietzsche de este modo.
Así se le debería leer, así se ha de contar con su nueva
presencia y aceptarla: como la de un autor al que se le
ha permitido regresar porque ya se ha ajustado
cuentas con él; como un pensador con el que nos
encontramos, porque su causa incluso después de ser
despachada sigue estando presente: incómoda,
deslumbrante, estimulante, teatral causa, en cualquier
caso, tan irresuelta como la nuestra. Al hacerlo así, no
necesitamos prestar la más mínima atención al estatuto
oficial de su pensamiento ni a su problemático estatuto
de escritor clásico. Es demasiado tarde para
devanarnos los sesos decidiendo si Nietzsche debería
haber sido elevado al rango de clásico o si él, como
hombre y como pensador, ha hecho méritos suficientes
para ser ascendido, por toda una legión entera de
intérpretes, al panteón ilustre de los pensadores. Dado
que, la mayoría de las veces, la historia de la influencia
es indiferente a los diferentes tipos de grandeza
histórica y humana, Nietzsche ha alcanzado la categoría
de autor clásico gracias a una extraña mezcla de
admiración e imprecisión aun cuando, como es su
caso, no se trata ya, desde hace tiempo, del equilibrado
clasicismo de la alta cultura burguesa, sino, más bien,
del salvaje clasicismo de la modernidad, con todo su
oscuro criticismo y sus ardientes disangelios.
Siempre se ha dicho como tópico, en referencia a
Nietzsche, que existen pensadores cuya obra se deja
estudiar independientemente de su biografía y otros en
los que vida e historia del pensamiento forman una
indisoluble unidad; Nietzsche formaría parte de esta
última categoría.
Este modo de hablar revela el grado de injusticia que se
le puede hacer a un autor cuando se le compara con un
clásico. Nietzsche no está hasta este punto tan lejos de
nosotros. Su fuerza de atracción no reside en el hecho
de estar muerto. El aura desgarrada y actual de
Nietzsche no tiene nada que ver prescindiendo por el
momento del brillo casi inhumano de su prosa tardía
con el tono irritante y el refinado aburrimiento que tan
a menudo forman parte de la atmósfera propia de los
clásicos. Ahora bien, ¿qué es lo que en Nietzsche puede
ser actual, tan actual en todo caso como para que
también las advertencias contra su doctrina vuelvan a
ser relevantes? ¿Qué le convierte de nuevo en una
figura problemática, susceptible de ser evocada y
ejemplar? ¿Acaso es que las neurosis más recientes
buscan un protector filosófico? ¿O se debe a que el
espíritu de nuestra época, tras muchas décadas de
tratamientos de moralismo socio-liberal y neo-cristiano,
exige de nuevo verdades más duras y desinhibiciones
más satisfactorias? ¿Nos han conducido las dudas
generalizadas acerca del progreso a hacer caso de las
interpretaciones alternativas del fenómeno de la
modernidad? ¿Interpretaciones que mantengan
distancia con los monstruos de la historia y los
espejismos de la socialización? Ninguna de estas
suposiciones es completamente falsa. Pero ellas no
pueden explicar por qué el nombre de Nietzsche
irrumpe siempre cuando se trata de comprender las
profundas dudas que surgen en el mundo moderno y
de descubrir, acudiendo a la reflexión, las ambivalencias
más complejas del presente.
Antes de adentrarnos un poco más en uno de los
grandes textos de este autor El nacimiento de la
tragedia, quisiera aquí proponer una hipótesis acerca
de la naturaleza singular de la escritura nietzscheana.
Según dicha hipótesis, la nueva presencia de Nietzsche
se explicaría no tanto por su innegable competencia
crítico-cultural, psicológica y filosófica, cuyo fulgor
seguiría siendo efectivo hasta hoy, cuanto por una
debilidad que nos conmueve más irresistiblemente que
cualquier fortaleza. Si Nietzsche se encuentra todavía
en cierta medida entre nosotros, lo es menos por los
posibles atractivos que reúne con respecto a los
hombres de hoy que por las debilidades que comparte
con ellos. La debilidad más prometedora de Nietzsche
consiste en que él no pudo ser un especialista de nada;
nunca se contentó con hacer algo correctamente según
los criterios de una única especialidad; nunca logró
cumplir meramente estas expectativas. No porque
fuera incapaz de satisfacer los criterios de su disciplina,
sino justamente por lo contrario. La miseria de
Nietzsche comienza y finaliza en su incapacidad de
conformarse con hacer una y única cosa según las
reglas de una técnica. Ciertamente, así lo hizo: fue, de
hecho, entre otras cosas, un destacado filólogo, un
perspicaz crítico de su época y un profundo analista de
la moral; ahora bien, en la medida que él realizaba
correctamente, y más que correctamente, una
actividad, siempre practicaba, al menos, otra segunda
siendo así sospechoso de dispersión. A primera vista,
podría parecer que, en su vida exterior, Nietzsche era
una víctima de sus dobles dotes. Ésta pudo ser una
posible causa de la falta de éxito a lo largo de su vida
un fracaso para el que no puede ser razón suficiente
su desvalido y caprichoso trato con los editores, como
otra lo pudo ser el carácter explosivo de su influencia
póstuma. Mientras cualquiera de sus dotes,
considerada aisladamente, y desarrollada hasta el
profesionalismo, hubiera bastado para emprender una
carrera respetable los inicios de la carrera filológica de
Nietzsche parecían indicar esto, la concentración de
estas fuerzas en este hombre conducía a una particular
y oscura existencia al margen de la vida cultural
organizada. Ni siquiera hablar de una concentración de
fuerzas es correcto, puesto que, en Nietzsche, no se
trata del conocido fenómeno de dotes múltiples. A decir
verdad, las dotes de Nietzsche no forman una
acumulación de facultades yuxtapuestas; no hay entre
ellas una separación real ni tampoco una simple
coexistencia. Cabe decir más bien que en este autor
una fuerza actúa siempre a través de la otra, de forma
que él no fue, a diferencia de tantos artistas, a la vez
escritor y músico, creador y filósofo, productor y
teórico, etc., sino músico en tanto que escritor, creador
en tanto que filósofo, productor en tanto que teórico.
Él no realiza una actividad al lado de otra, sino que
realiza una actividad mientras hace la otra.
En razón de esta plástica imbricación de lenguajes y
fuerzas, Nietzsche ha exigido hasta el día de hoy
demasiado a su público; nadie como él se ha burlado
tan maliciosamente de la fácil inteligibilidad. No se
comprende en absoluto a Nietzsche si simplemente se
considera lo que ha sido puesto por escrito, o
atendiendo a una mera sinopsis de los contenidos. Los
lectores fascistas de Nietzsche fueron y siguen siendo
en su mayoría los que han evidenciado una grosera
torpeza a la hora de tratar con este contenido:
incapaces de comprender el gran juego de Nietzsche
su aparato gestual y musical post-metafísico más allá
de la semántica. La aproximación real a la acción
nietzscheana es sólo la que es capaz de percibir lo que
hace este autor proteico, estimulante, polifónico
cuando pone algo por escrito. Con razón ha observado
Thomas Mann que está perdido aquel que tome a
Nietzsche al pie de la letra a saber, fijándose en el
contenido y mediante una reducción semántica. El
mismo Nietzsche tenía una aguda sensibilidad tanto
para el discurso indirecto como para la mezcla de
elementos en su escritura, y no quiso deshacerse
durante toda su vida de la opinión de que él era en el
fondo un compositor que se había visto erróneamente
conducido a la literatura. Algunas veces también
pensaba que era un pobre diablo llevado erróneamente
de la humanidad a la divinidad artística: "Sólo loco, sólo
poeta". Cuando se sentía lleno de confianza en sí
mismo, se sentía como un evento expresivo total
únicamente valorado por la vulgaridad de los cánones
literarios, filológicos y filosóficos usuales. Se concebía
como el compañero de viaje de Richard Wagner, figura
cuyo daimón estético tampoco se daba por satisfecho
con agotarse en un único género, y que, por esta
razón, paró mientes en la idea de la obra de arte total:
esa organización simbólica en la que la totalidad de
Wagner quería entrar en escena bajo una forma
multimedia y sinestésica.
La singularidad de Nietzsche se ponía de manifiesto en
el hecho de desarrollar una acción teatral literaria
obligada a arreglárselas sin recurrir a las sinestesias
operísticas wagnerianas. Había confiado por completo
su papel a la actividad de la escritura, sin que este
papel tuviese exclusivamente un carácter literario. Muy
pronto, los amigos y contemporáneos cercanos a él
también observaron que en la psique de este gran
estilista funcionaban otras fuerzas: energías musicales
y proféticas, veleidades cesáricas susceptibles de
fundar religiones, impulsos psicagógicos, reformadores,
educativos y artístico-demagógicos. El propio Nietzsche
había desarrollado, con respecto a Wagner, una
pequeña teoría del "talento trasplantado", así como
percibido con perspicacia que en el carácter de Wagner
aparecían ciertos rasgos de comediante que, a falta de
un escenario apropiado para sus inauditas
pretensiones, habían pasado a crear su propio universo
dramático musical. Ahora bien, mientras Wagner se
desarrollaba ampliando, en una expansión constante,
su faceta de compositor rebelde en la de compositor
reformador de la cultura, Nietzsche como "filólogo y
hombre de letras" tenía que aglutinar, en el angosto
medio de la actividad literaria, el amplio espectro de sus
impulsos. |