Freud: Cien años de La interpretación de
los sueños| Freud y Viena: viaje al centro del alma |
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El año 1900 se inauguraba en Viena con la
publicación de "La interpretación de los
sueños" de Sigmund Freud. Cien años después,
se puede calibrar la importancia de esta obra
extraordinaria centrada en la descripción del mundo
interior del individuo. Con el descubrimiento del yo y
de sus pulsiones Freud daría el giro copernicano que
instauraba el yo individual, desde una perspectiva
científica, como la referencia absoluta del siglo.
Después ya nada sería igual, ni el arte, ni la música,
ni la literatura, ni el pensamiento, ni la psicología.
Para celebrar este centenario hemos convocado la
opinión de Cecilia Dreymüller, Andrés Ibáñez, Luis
Fernando Moreno Claros e Isidoro Reguera, expertos
en la obra de uno de los indiscutibles genios del siglo
XX. |
Hay ciertas claves fundamentales para entender el
maremagno de aquella espléndida y decadente Viena
de hace cien años, en la que Freud inaugura el siglo,
después de una década de arduo autoanálisis, con la
publicación de la Traumdeutung. Ciertas instancias
críticas en todas las cuales Freud representa un papel
central, a pesar de sus desamores con esa ciudad a la
que nunca comprendió de verdad en sus momentos
utópicos, muchos de los cuales han marcado después
la realidad del siglo XX. Junto a un desesperado
hedonismo, en Viena se vivía constantemente el
sentimiento de la insuficiencia de las razones para
existir. Reducido el amor a su sustancia biológica, se
le despoja de todo contenido ideal (y la sexualidad se
convierte así en territorio simbólico donde se plantean
y dilucidan cuestiones fundamentales de la época), se
le transforma en una de las máscaras más invisibles
de la soledad y del hastío, y en definitiva de la falta de
sentido de la existencia. Entre esos dos polos queda
el extraño lugar de aquella ciudad hace un siglo.
También el de Freud, aunque no lo viviera con la
tensión que adornó a otros grandes conciudadanos
suyos. Lo vivió en la teoría. Fue un genio, pero no un
gran hombre, diría de él Wittgenstein. Creó
conceptos, pero no de vida. Hizo estética, pero no
ética.
Se trata, pues, de instancias o claves abrazadas por
esos polos de la rutina más enternecedoramente
humana: el eros y el thanatos. De una peculiar relación
con el yo y con el lenguaje en un momento privilegiado
de crisis. Con el yo, como un enfrentamiento a su
concepción moderna, a sus certezas e ilusiones, a su
solidez y pureza, que se revela ahora inseguro,
oscuro, escindido, disuelto y con mucho menos
dominio racional del mundo y de sí mismo de lo que se
había imaginado en momentos tanto culturales como
políticos de euforia revolucionaria. Con el lenguaje,
correspondientemente, que ya no es dominio de un yo
seguro de sí y de sus certezas, ni es capaz de
identificar un mundo que se le ha escapado de las
manos, al que ya no puede constituir y dar sentido
como creyó antes.
Con respecto al yo, Freud ofreció con su análisis la
cientificidad requerida para ese viaje al interior de una
generación posromántica, expresionista, que pasa de
los "estados de cosas" a los "estados del alma",
dedicada al último reducto posible porque parece ya
el único real de descripción fenomenológica tras
tantas decepciones revolucionarias burguesas: el
mundo interior anímico y pulsional del individuo de
carne y hueso, no del individuo universal de la razón
pura de antes. Había que formular la realidad de la
fantasía de un modo radicalmente nuevo. Para esa
tarea introvertida, romántica après la lettre, digamos,
que quiso superar el naturalismo, Freud, pero también
Schnitzler, Hofmannsthal, Bahr, Mach y otros muchos
vieneses, cada uno a su modo, adoptan sin embargo
el método experimental naturalista: el "arte del
nervio", del análisis pormenorizado del nervio, que
diría Bahr, de lo fisiológico-instintivo, que decíamos
antes. Así, superan a ambos, tanto al romanticismo
como al naturalismo, y pueden volverse al interior sin
que ello vulnere el espíritu científico de la época. La
fantasía se liberará por fin de esos tediosos
documents humains de que hablaba Wilde.
Y el lenguaje será el medio para ese viaje científico al
interior. En él parece que se resuelve o se deja de
resolver todo. La terapia de la palabra. ¿Qué palabra?
¿Qué lenguaje? ¿El fantástico de los sueños y el libre
de los recuerdos? Freud, por desgracia tanto para
nosotros como para él, no hizo como otros de sus
contemporáneos ni la experiencia ni el análisis de la
crisis radical del lenguaje en cuanto tal, ni tomó
conciencia plena y profunda, obsesiva casi, como ellos,
de la inevitable condición lingüística de la vida en ese
mundo interior, que no se ofrece sino en forma de
lenguaje. Freud consideró el lenguaje como un mero
instrumento y nunca le interesó verdaderamente por
sí mismo. No comprendió que también en general
(para todos, para él mismo) purificar el lenguaje era
purificarse a sí mismo. Que el problema era el análisis
del lenguaje que utilizamos en cualquier aspecto.
(También el de su propia teoría). Y que para ello no
era sólo imprescindible el diván y el profeta al lado que
traduzca el extraño lenguaje que inevitablemente ha
de surgir de una situación tan extravagante; ni las
señoritas de la alta clase media a que atendía, a
quienes lo que realmente masacraba eran relaciones
sociales sexualmente discriminatorias. No fue uno de
aquellos grandes talantes éticos, paisanos suyos,
decíamos. Dentro de la tradición teórica de la medicina
vienesa, le interesaron los pacientes más que las
personas.
Freud nunca tuvo a "la naturaleza humana" en su
diván, como parece suponer a veces la generalización
de sus hipótesis. Nunca se planteó la validez de ellas y
el grado de su dependencia o no de aquella sociedad
vienesa a la que pertenecían sus pacientes. Pero
aquella Viena era muy especial para que no
condicionara significativamente a un pensador. Las
críticas en este sentido le llovieron pronto. Ya en los
años diez, colegas suyos como Janet o Starr
afirmaron, para desprestigiarlo, que el psicoanálisis no
era más que la proyección teórica de las circunstancias
reales de la vida vienesa de entonces, hedonista,
libidinosa, y hasta de la propia vida de Freud, en algún
momento poco ascética; por ello, Freud se habría
inclinado fatalmente a dar una importancia excepcional
a la sexualidad. Freud vio en esta referencia del
psicoanálisis al medio sólo un epifenómeno accidental
y, sobre todo, un pretexto fácil en manos de sus
contrincantes para rechazar esa teoría como algo
inmoral, haciendo patente además, de paso, su origen
judío... Pero cuanto más se implicó en la polémica,
más creció ésta. Tampoco le valieron de mucho
defensas a ultranza en este sentido, como la de
Sachs, que le alejaban en exceso de su lugar natural,
enfrentando más bien su seriedad estricta e implacable
de investigador, su vida normal y retirada, con el
ambiente alegre y teatral de la ciudad, cuya alegría
sexual no se parecería en nada a su concepción,
trágica y amarga en el fondo (¿reprimida también?),
de la tiranía de la libido. La sospecha de los primeros
años de siglo de que el psicoanálisis había que
reducirlo al contexto de Viena no se borró nunca. Un
contexto, que era un foco de tensiones extremo en
aquel momento único. Tensiones encerradas, como
decíamos, entre la de eros y muerte, a la vez que en la
de cada uno de estos polos en sí mismo.
La que eróticamente existía entre la represión
asfixiante de las clases medias, por una parte, y la
libertad, o liberación, de que hacía casi ostentación la
nobleza y el pueblo, por otra. Dentro de la burguesía,
en general, o se soportaban como fuera, con el credo
de turno y al precio de la neurosis normalmente, los
rigores de la represión, o, en capas suyas más
ilustradas, se llevaba una doble vida farisaica, en la
que, bajo un tinte superficial de respetabilidad, el
código moral secreto exigía de los hombres las
mayores conquistas posibles, y de las mujeres
casadas, el apaño de amantes discretos y fieles. Al
modelo eterno de París, más brillante y viciosa,
refinada, con más estilo quizá que Viena, que, a su
vez, era más grata, acogedora, vital y simpática. Pocas
veces se habrá visto coexistir de forma tan descarada
la promiscuidad institucionalizada con los cánones de
la moral burguesa y de la religión, dice Timms, quien
cree que fue precisamente la existencia simultánea de
fuerzas incompatibles, ciertas y efectivas al mismo
tiempo, lo que hizo de la Viena 1900 un medio tan
extraordinariamente fértil para el surgimiento de las
concepciones psicológicas más turbadoras.
En la obra de Arthur Schnitzler se puede encontrar la
descripción literaria y psicológica por antonomasia de
la atmósfera de la Viena de fin de siglo, también y
sobre todo en el aspecto erótico. Admirado por Freud,
lector confeso suyo, muestra intuitivamente en figuras
prototípicas formas contradictorias de la complicada
sexualidad vienesa que Freud analizaba sin contexto
social trabajosamente. Como, entre las muchachas de
la vida, lo hace la "autobiografía" de la prostituta
vienesa Josephine Mutzenbacher, que leyó todo el
mundillo intelectual vienés, mostrando un despertar
infantil a la sexualidad que rompe todos los tabúes
más inculcados en Occidente, vivido y narrado, sin
embargo, con completa naturalidad, frescura y
absoluta despreocupación de toda moral. Todas estas
figuras anuncian una nueva actitud y relación sin
tabúes de las clases alta y baja con el sexo, de la que
están ausentes sentimientos de culpabilidad y el más
mínimo arrepentimiento, pero que coexistía
contradictoriamente en Viena, como decimos, con el
influjo de la gazmoñería victoriana del XIX, con la
moral ascética, reprimida o filistea, extendida entre la
clase burguesa, de la que, como ya indicamos, parece
que Freud extrajo sobre todo sus pacientes.
¿Y la tensión en el otro polo, el de la muerte? No sólo
el amor fascinaba a Viena, sino también, y en la misma
medida la muerte. La muerte como último bastión
personal frente a lo mudable, como definitiva evasión
de lo terreno y postrer refugio de contradicciones
insalvables. Fascinación que aparece, por ejemplo, en
la idiosincrasia de sus cementerios o en el hecho de
que en aquella cultura del nervio el suicidio fuera una
moda o un modo aceptado socialmente, hasta
elegante, pero sobre todo ético, de finalizar la vida.
Aunque las contradicciones intrínsecas de este polo se
vean más claras en la política. Esa sociedad en la que
vive alejado Freud, entregada al placer y a la
sensualidad, baila también al borde del abismo de una
catástrofe política y social, inexorable e inminente. Las
tensiones políticas de entonces eran agónicas. No sólo
Viena procuró a Freud con su peculiar sensualidad las
bases para su reivindicación del impulso sexual y del
principio de placer y de vida; a ello se añadieron las
tendencias inherentes a un sistema político a punto de
desintegración, que sugerían a la vez impulsos de
muerte y destrucción, pulsiones agresivas. También
las masacres de pueblos en el siglo XX se fraguaron,
quizá, en las tensiones y frustraciones que se
engendraron en las barriadas humildes de Viena
durante la primera década del siglo y en las bravatas
pangermanistas y antijudías que despertaron
políticamente entonces.
La tensión explosiva de sexo y política es una forma
dura y pública de amor y muerte. El eros, la vida
alegre, como abrigo, olvido, efímeros, como una huida
alocada hacia adelante, quizá, o un rictus irónico, o
una rebelión consciente, frente a una situación política
y social insegura, frágil, desesperanzada, agonizante,
destructiva, fatal y trágica. Frente a una máscara más
de la muerte, pues, si no querida de buen grado, sí
aceptada como inevitable y redentora: la expiración de
un orden de las cosas, las postrimerías de un mundo,
que a Freud le sorprendió en su propio diván, por así
decirlo. |