RASSEGNA STAMPA

28 AGOSTO 2000
ISIDORO REGUERA
Freud: Cien años de La interpretación de los sueños
Freud y Viena: viaje al centro del alma
El año 1900 se inauguraba en Viena con la publicación de "La interpretación de los sueños" de Sigmund Freud. Cien años después, se puede calibrar la importancia de esta obra extraordinaria centrada en la descripción del mundo interior del individuo. Con el descubrimiento del yo y de sus pulsiones Freud daría el giro copernicano que instauraba el yo individual, desde una perspectiva científica, como la referencia absoluta del siglo.
Después ya nada sería igual, ni el arte, ni la música, ni la literatura, ni el pensamiento, ni la psicología.
Para celebrar este centenario hemos convocado la opinión de Cecilia Dreymüller, Andrés Ibáñez, Luis Fernando Moreno Claros e Isidoro Reguera, expertos en la obra de uno de los indiscutibles genios del siglo XX.
Hay ciertas claves fundamentales para entender el maremagno de aquella espléndida y decadente Viena de hace cien años, en la que Freud inaugura el siglo, después de una década de arduo autoanálisis, con la publicación de la Traumdeutung. Ciertas instancias críticas en todas las cuales Freud representa un papel central, a pesar de sus desamores con esa ciudad a la que nunca comprendió de verdad en sus momentos utópicos, muchos de los cuales han marcado después la realidad del siglo XX. Junto a un desesperado hedonismo, en Viena se vivía constantemente el sentimiento de la insuficiencia de las razones para existir. Reducido el amor a su sustancia biológica, se le despoja de todo contenido ideal (y la sexualidad se convierte así en territorio simbólico donde se plantean y dilucidan cuestiones fundamentales de la época), se le transforma en una de las máscaras más invisibles de la soledad y del hastío, y en definitiva de la falta de sentido de la existencia. Entre esos dos polos queda el extraño lugar de aquella ciudad hace un siglo.
También el de Freud, aunque no lo viviera con la tensión que adornó a otros grandes conciudadanos suyos. Lo vivió en la teoría. Fue un genio, pero no un gran hombre, diría de él Wittgenstein. Creó conceptos, pero no de vida. Hizo estética, pero no ética.
Se trata, pues, de instancias o claves abrazadas por esos polos de la rutina más enternecedoramente humana: el eros y el thanatos. De una peculiar relación con el yo y con el lenguaje en un momento privilegiado de crisis. Con el yo, como un enfrentamiento a su concepción moderna, a sus certezas e ilusiones, a su solidez y pureza, que se revela ahora inseguro, oscuro, escindido, disuelto y con mucho menos dominio racional del mundo y de sí mismo de lo que se había imaginado en momentos ­tanto culturales como políticos­ de euforia revolucionaria. Con el lenguaje, correspondientemente, que ya no es dominio de un yo seguro de sí y de sus certezas, ni es capaz de identificar un mundo que se le ha escapado de las manos, al que ya no puede constituir y dar sentido como creyó antes.
Con respecto al yo, Freud ofreció con su análisis la cientificidad requerida para ese viaje al interior de una generación posromántica, expresionista, que pasa de los "estados de cosas" a los "estados del alma", dedicada al último reducto posible ­porque parece ya el único real­ de descripción fenomenológica tras tantas decepciones revolucionarias burguesas: el mundo interior anímico y pulsional del individuo de carne y hueso, no del individuo universal de la razón pura de antes. Había que formular la realidad de la fantasía de un modo radicalmente nuevo. Para esa tarea introvertida, romántica après la lettre, digamos, que quiso superar el naturalismo, Freud, pero también Schnitzler, Hofmannsthal, Bahr, Mach y otros muchos vieneses, cada uno a su modo, adoptan sin embargo el método experimental naturalista: el "arte del nervio", del análisis pormenorizado del nervio, que diría Bahr, de lo fisiológico-instintivo, que decíamos antes. Así, superan a ambos, tanto al romanticismo como al naturalismo, y pueden volverse al interior sin que ello vulnere el espíritu científico de la época. La fantasía se liberará por fin de esos tediosos documents humains de que hablaba Wilde.
Y el lenguaje será el medio para ese viaje científico al interior. En él parece que se resuelve o se deja de resolver todo. La terapia de la palabra. ¿Qué palabra? ¿Qué lenguaje? ¿El fantástico de los sueños y el libre de los recuerdos? Freud, por desgracia tanto para nosotros como para él, no hizo como otros de sus contemporáneos ni la experiencia ni el análisis de la crisis radical del lenguaje en cuanto tal, ni tomó conciencia plena y profunda, obsesiva casi, como ellos, de la inevitable condición lingüística de la vida en ese mundo interior, que no se ofrece sino en forma de lenguaje. Freud consideró el lenguaje como un mero instrumento y nunca le interesó verdaderamente por sí mismo. No comprendió que también en general (para todos, para él mismo) purificar el lenguaje era purificarse a sí mismo. Que el problema era el análisis del lenguaje que utilizamos en cualquier aspecto.
(También el de su propia teoría). Y que para ello no era sólo imprescindible el diván y el profeta al lado que traduzca el extraño lenguaje que inevitablemente ha de surgir de una situación tan extravagante; ni las señoritas de la alta clase media a que atendía, a quienes lo que realmente masacraba eran relaciones sociales sexualmente discriminatorias. No fue uno de aquellos grandes talantes éticos, paisanos suyos, decíamos. Dentro de la tradición teórica de la medicina vienesa, le interesaron los pacientes más que las personas.
Freud nunca tuvo a "la naturaleza humana" en su diván, como parece suponer a veces la generalización de sus hipótesis. Nunca se planteó la validez de ellas y el grado de su dependencia o no de aquella sociedad vienesa a la que pertenecían sus pacientes. Pero aquella Viena era muy especial para que no condicionara significativamente a un pensador. Las críticas en este sentido le llovieron pronto. Ya en los años diez, colegas suyos como Janet o Starr afirmaron, para desprestigiarlo, que el psicoanálisis no era más que la proyección teórica de las circunstancias reales de la vida vienesa de entonces, hedonista, libidinosa, y hasta de la propia vida de Freud, en algún momento poco ascética; por ello, Freud se habría inclinado fatalmente a dar una importancia excepcional a la sexualidad. Freud vio en esta referencia del psicoanálisis al medio sólo un epifenómeno accidental y, sobre todo, un pretexto fácil en manos de sus contrincantes para rechazar esa teoría como algo inmoral, haciendo patente además, de paso, su origen judío... Pero cuanto más se implicó en la polémica, más creció ésta. Tampoco le valieron de mucho defensas a ultranza en este sentido, como la de Sachs, que le alejaban en exceso de su lugar natural, enfrentando más bien su seriedad estricta e implacable de investigador, su vida normal y retirada, con el ambiente alegre y teatral de la ciudad, cuya alegría sexual no se parecería en nada a su concepción, trágica y amarga en el fondo (¿reprimida también?), de la tiranía de la libido. La sospecha de los primeros años de siglo de que el psicoanálisis había que reducirlo al contexto de Viena no se borró nunca. Un contexto, que era un foco de tensiones extremo en aquel momento único. Tensiones encerradas, como decíamos, entre la de eros y muerte, a la vez que en la de cada uno de estos polos en sí mismo.
La que eróticamente existía entre la represión asfixiante de las clases medias, por una parte, y la libertad, o liberación, de que hacía casi ostentación la nobleza y el pueblo, por otra. Dentro de la burguesía, en general, o se soportaban como fuera, con el credo de turno y al precio de la neurosis normalmente, los rigores de la represión, o, en capas suyas más ilustradas, se llevaba una doble vida farisaica, en la que, bajo un tinte superficial de respetabilidad, el código moral secreto exigía de los hombres las mayores conquistas posibles, y de las mujeres casadas, el apaño de amantes discretos y fieles. Al modelo eterno de París, más brillante y viciosa, refinada, con más estilo quizá que Viena, que, a su vez, era más grata, acogedora, vital y simpática. Pocas veces se habrá visto coexistir de forma tan descarada la promiscuidad institucionalizada con los cánones de la moral burguesa y de la religión, dice Timms, quien cree que fue precisamente la existencia simultánea de fuerzas incompatibles, ciertas y efectivas al mismo tiempo, lo que hizo de la Viena 1900 un medio tan extraordinariamente fértil para el surgimiento de las concepciones psicológicas más turbadoras.
En la obra de Arthur Schnitzler se puede encontrar la descripción literaria y psicológica por antonomasia de la atmósfera de la Viena de fin de siglo, también y sobre todo en el aspecto erótico. Admirado por Freud, lector confeso suyo, muestra intuitivamente en figuras prototípicas formas contradictorias de la complicada sexualidad vienesa que Freud analizaba sin contexto social trabajosamente. Como, entre las muchachas de la vida, lo hace la "autobiografía" de la prostituta vienesa Josephine Mutzenbacher, que leyó todo el mundillo intelectual vienés, mostrando un despertar infantil a la sexualidad que rompe todos los tabúes más inculcados en Occidente, vivido y narrado, sin embargo, con completa naturalidad, frescura y absoluta despreocupación de toda moral. Todas estas figuras anuncian una nueva actitud y relación sin tabúes de las clases alta y baja con el sexo, de la que están ausentes sentimientos de culpabilidad y el más mínimo arrepentimiento, pero que coexistía contradictoriamente en Viena, como decimos, con el influjo de la gazmoñería victoriana del XIX, con la moral ascética, reprimida o filistea, extendida entre la clase burguesa, de la que, como ya indicamos, parece que Freud extrajo sobre todo sus pacientes.
¿Y la tensión en el otro polo, el de la muerte? No sólo el amor fascinaba a Viena, sino también, y en la misma medida la muerte. La muerte como último bastión personal frente a lo mudable, como definitiva evasión de lo terreno y postrer refugio de contradicciones insalvables. Fascinación que aparece, por ejemplo, en la idiosincrasia de sus cementerios o en el hecho de que en aquella cultura del nervio el suicidio fuera una moda o un modo aceptado socialmente, hasta elegante, pero sobre todo ético, de finalizar la vida.
Aunque las contradicciones intrínsecas de este polo se vean más claras en la política. Esa sociedad en la que vive ­alejado­ Freud, entregada al placer y a la sensualidad, baila también al borde del abismo de una catástrofe política y social, inexorable e inminente. Las tensiones políticas de entonces eran agónicas. No sólo Viena procuró a Freud con su peculiar sensualidad las bases para su reivindicación del impulso sexual y del principio de placer y de vida; a ello se añadieron las tendencias inherentes a un sistema político a punto de desintegración, que sugerían a la vez impulsos de muerte y destrucción, pulsiones agresivas. También las masacres de pueblos en el siglo XX se fraguaron, quizá, en las tensiones y frustraciones que se engendraron en las barriadas humildes de Viena durante la primera década del siglo y en las bravatas pangermanistas y antijudías que despertaron políticamente entonces.
La tensión explosiva de sexo y política es una forma dura y pública de amor y muerte. El eros, la vida alegre, como abrigo, olvido, efímeros, como una huida alocada hacia adelante, quizá, o un rictus irónico, o una rebelión consciente, frente a una situación política y social insegura, frágil, desesperanzada, agonizante, destructiva, fatal y trágica. Frente a una máscara más de la muerte, pues, si no querida de buen grado, sí aceptada como inevitable y redentora: la expiración de un orden de las cosas, las postrimerías de un mundo, que a Freud le sorprendió en su propio diván, por así decirlo.
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